A Napoleón Bonaparte se le ocurrió en 1802, año X y mes de floreal según el calendario republicano de entonces, establecer un “sistema de liceos” destinados a formar la clase dirigente de la administración, la política y las fuerzas armadas de su Imperio.
Los liceos tenían un elevado toque militar. Los liceanos no solamente vestían uniformes que los emparejaban, sino que el ritmo de cada día estaba marcado a la manera de las escuelas militares.
Lamentablemente las mujeres no figuraban en el plano de formación académica del modelo, rígidamente controlado por el Estado central, que comprendía una interesante combinación de asignaturas, sobre las bases fundamentales del estudio de la lengua latina, como cimiento de una cultura humanista, y de las matemáticas, como elemento de fomento de la ciencia y la técnica.
Las materias, como en las escuelas más refinadas de siempre, incluían la retórica y la elocuencia, la literatura, la gramática francesa, y la lectura de los clásicos griegos y latinos, como entrenamiento en el análisis de textos. Todo con el denominador común de la filosofía como entrenamiento del bien razonar. Geografía, historia, física, astronomía, dibujo, música, y elementos de biología y química completaban el cuadro.
Así se formaba la base de una élite de esas que deben existir, guste o no, para que gente bien formada e informada tome las riendas de la administración, conduzca las discusiones políticas, construya las obras públicas y maneje con criterio estratégico no solamente los ejércitos sino los destinos de la sociedad. Las universidades harían el resto del trabajo.
Hacia finales del Siglo XIX se crearon liceos para mujeres, que tenían un currículo menos completo. Ya entrado el Siglo XX, hace cien años, se unificaron los programas, como debía ser. Así el país tuvo desde entonces un segmento de educación secundaria superior que desde 1975 abarca los últimos tres años de ese nivel y presenta opciones de preparación para la educación superior, formación técnica o aprendizaje de artes y oficios.
Los estudiantes de liceo son por estos días los protagonistas de la revuelta del momento en la vida francesa, que a cada rato refrenda su tradición revolucionaria con actos de sorprendente ímpetu que generan inquietudes no solamente en el seno de los gobiernos, sino que sirven de ejemplo para movimientos parecidos en otros países, como pasó desde un principio con la Revolución Francesa de 1789, la de 1848 y la de 1968, para no citar más. Expresión de inconformidades que, en cuanto hace a la educación, se manifiestan sobre todo al comienzo del año académico, después del paréntesis del verano.
Aunque parezca mentira en un país desarrollado y de orgulloso ánimo cuando se trata de presentar su sistema educativo, los estudiantes se quejan del abandono que ellos y sus padres consideran sistemático respecto de las obligaciones del Estado en materia de educación pública. Dicho abandono se expresa en la falta de recursos para sostener el sistema, instalaciones inadecuadas, masificación de estudiantes en aulas sobrepobladas, condiciones de insalubridad en los edificios escolares y frecuente escasez de maestros, mal pagados y sustituidos en muchos casos por gente sin adecuada preparación.
La revuelta de los liceanos se sale un poco de las proporciones de los reclamos que la sociedad francesa está acostumbrada a presenciar “à la rentrée scolaire”. La protesta de ahora, que ha tenido lugar en muchas ciudades a la vez, tiene relación íntima con una crisis que va más allá de lo educativo, tramita asuntos generacionales de los jóvenes, pone de presente problemas de marginamiento social, y revive discusiones sobre el manejo de las migraciones y la integración de los migrantes a sociedades europeas.
La amplitud e intensidad de la protesta han logrado producir efectos políticos y sociales que tienen en dificultades al gobierno de Sébastien Lecornu, que tramita ahora un presupuesto nacional en el que los recursos para la educación parecen no satisfacer las necesidades de un sector que, en estos momentos, a la altura de la edad de los liceanos, debe asimilar un crecimiento demográfico que mostró un repunte significativo desde 2010.
De los 3700 liceos de Francia, entre 900 y 1000 presentaron acciones de reproche al gobierno de manera simultánea, según cuentas oficiales, mientras que los sindicatos liceanos afirman haber vinculado a la mitad de los del país. Y no es aleatorio el hecho de que el movimiento se haya desatado a partir de los suburbios parisinos de Créteil y Saint-Denis, que alojan problemas complejos que, de una u otra manera, pueden encontrar réplicas en uno u otro sentido en las demás grandes ciudades de Francia.
Se trata de comunas donde se viven tensiones propias de suburbios afectados por la pobreza, la desadaptación juvenil, la precariedad laboral, el desempleo, la gentrificación, y por lo tanto un distanciamiento social que lleva a que existan realidades paralelas difíciles de reconciliar dentro de una sociedad cada vez más entremezclada en materia cultural e inclusive en cuanto a afiliaciones religiosas que no dejan de jugar un papel relevante en un país laico.
Además del explicable deterioro de las edificaciones escolares, producto de su uso en pleno vigor de los impulsos juveniles, y de la escasez vocacional de maestros ante condiciones laborales que tienden a la precariedad, existen fenómenos sociales que, sobre todo en el caso de las ciudades más cosmopolitas, pueden tener raíces en el desmonte de la colonización posterior a la Segunda Guerra Mundial y la absorción de mano de obra africana.
A diferencia de los inmigrantes españoles o italianos de la primera mitad del Siglo XX, y aún de latinoamericanos y otros europeos, que se integraron fácilmente a la sociedad francesa debido a su condición cristiana y aún más a su cercanía idiomática, los inmigrantes musulmanes fueron asentados en lugares geográficamente periféricos donde desarrollaron formas propias de vida, a su propio ritmo y sin abandonar elementos esenciales de su cultura nativa, esto es el islam y una lengua de otra familia.
Los liceos son lugares de encuentro difíciles de conducir cuando convergen en las aulas jóvenes procedentes de sectores menos favorecidos de la sociedad francesa con estudiantes que vienen de familias de tradición musulmana. Pero, si bien los jóvenes se pueden entender entre ellos, con frecuencia las cosas cambian cuando la concentración de alumnos musulmanes les fortalece para desatender prescripciones propias de la República, como la vestimenta femenina. Asunto que ha sido motivo de problemas al interior de los establecimientos, que conforme a la ley francesa no admiten expresiones de carácter religioso.
El funcionamiento de los liceos ubicados en sitios de conflicto se ve afectado por un ambiente de anomalías que incluye diversas formas de delincuencia impulsada por el tráfico de drogas, y la presencia de pandillas que afectan la tranquilidad en el espacio público y los servicios de transporte. Con la consecuente estigmatización hacia la juventud que habita sectores caracterizados por el hacinamiento.
A estas alturas, el problema desborda el ámbito de los liceos, que sirve de pretexto para el trámite de problemas que van más allá de los edificios escolares o la paga de los maestros. La situación involucra de manera inevitable a los padres de familia, que sienten en su casa las deficiencias de la prestación del servicio educativo oficial, además de los efectos de la confrontación con la policía y la desconexión social que puede afectar a sus hijos. Con el agravante de que los padres tienen que sumar el problema de la educación de sus hijos a las dificultades generalizadas del alto costo de vida, para mencionar solo uno de los factores de la propia inconformidad.
Desde las alturas de su condición presidencial, diseñada para el personaje majestuoso que era el General De Gaulle, el presidente Macron, que se luce en escenarios internacionales, pero en su país es visto por los jóvenes como “el presidente de los ricos”, tiende a dejar el asunto en manos del primer ministro, quien a su vez deja a cargo al ministro de educación.
La idea de los presidentes “jupiterinos” de la Quinta República es que ellos están por allá en las alturas del Olimpo, o más precisamente del Elíseo, observando atentamente la marcha de la nación, y solamente intervienen cuando es preciso realizar una maniobra que está por encima de las capacidades del primer ministro, cuyo gobierno es responsable directo del manejo día a día de las incidencias de la vida pública.
A estas alturas, con el escenario ampliado en varias dimensiones, es posible que el ministro de educación no pueda resolver el problema. El gobierno ha caído en la trampa prácticamente inevitable de confrontar con la policía las acciones de hecho de los liceanos, ayudados por padres y maestros, sin excluir agitadores. Caso en el cual por algún lado hay un exceso que conduce al reiterado debate del uso de la fuerza versus la responsabilidad de evitar que se taponen las venas de la vida del país.
Después de cerrar clases, y de propiciar debates democráticos al interior de cada institución, para establecer necesidades y aspiraciones, el gobierno de Lecornu ha accedido a proveer de nuevos profesores, a prever una inyección presupuestal sustanciosa y revisar algunos protocolos de seguridad, como el uso de bombas que aturden y producen efectos anímicos perturbadores.
El problema es que en Francia han despertado varios dragones a la vez. Uno es el de la inconformidad de los profesores, que tienen a los niños a la mano en las aulas para sembrar sus propios discursos, que tendrán efecto más tarde, como sucede con el “soft power”. Otro es el de la llama de insatisfacción de padres de familia que, desde la precariedad de su propia condición, siguen en pie de lucha por reivindicaciones frente a su marginalidad, la gentrificación y el costo de vida.
Y uno más es el de la oportunidad que los políticos, en los albores de una campaña presidencial que se anuncia feroz y en la cual suena de maravilla, como en todas partes, la elegía de la educación. Para terminar, como en todas partes, sin que los gobernantes se entreguen a fondo a la causa, que dejan en manos de personajes que se turnan para improvisar. Salvo que el presidente descienda del Olimpo, a ver cómo le va.